jueves, 26 de diciembre de 2013

Me voy a gugolear a esa vieja!


Me voy a gugolear a esa vieja

Desde que empezaron los asesinatos en serie, Pachito, hijo, vio cómo su padre regresaba a casa meditabundo y hasta malgeniado; algo que en don Francisco no era usual. Él, a pesar de lo difíciles que fueron siempre sus circunstancias, con su trabajo como lustrador oficial del parque industrial más importante de la ciudad, a punta de cepillo, camello y acrobacias, supo levantar a su familia, esmerándose siempre porque su único hijo tuviese la mejor educación posible. 

Pachito, hijo, no recordaba haber visto nunca  a su padre con aquella amargura reflejada en su rostro. Por el contrario, desde niño aprendió de él a conservar la risa y la calma, mucho más cuando las cosas se les ponían color de hormiga; como cuando murió su madre, dejando a su padre viudo con él apenas volantón. Aunque su padre era un hombre sin ninguna educación, por todos era reconocido como un hombre bien avisado, quien con sus pocos dotes supo ganarse el cariño y el respeto de todos los grandes empresarios; a quienes, cada día, puntual, les lustraba los zapatos, y de quienes aprendió más de lo que un buen estudiante aprende en la universidad. De hecho, aconsejado por los dueños de las grandes empresas, se fue haciendo a una que otra acción, y, de mandado en mandado, construyó su casa y educó muy bien a su hijo; algo excepcional en la cerrada caja social en la que vivían. Aunque siempre se sintió orgulloso y hasta contento con su oficio de lustrador, don Francisco nunca quiso ese destino para su hijo; por eso se esmeró al máximo para que su Pachito fuera en todo lo posible a la par con los hijos de aquellos hombres a los que él a diario debía lustrar; bien guardadas las distancias y las proporciones. Porque de todas maneras don Francisco era realista, y no se le habían pasado por alto las infranqueables diferencias de clase ni las inconfesables rarezas de los dueños del balón, reflejadas en las conversaciones que tuvo que oír sentado en su cuadriculada caja durante casi cincuenta años... Años en los que del simple código morse, el télex, la máquina de escribir Olympia y la secretaría especializada en taquigrafía y ortografía, se fue pasando del telegrama a la secretaría bilingüe, hasta llegar al fax, el computador y el correo electrónico; con el consecuente reemplazo de las eficientes secretarías por las asistentes que sabían de todo menos de ortografía o, peor, los llamados call centers. Años durante los cuales todo cambiaba aceleradamente en el globo menos la férrea caja social en que vivían. Sí, él había tenido que ser testigo de excepción de todo cuanto acontecía no solo en el Parque sino en el panorama nacional e internacional, sin haber sido reemplazado por las nuevas generaciones, ni haber tenido que confrontarse con las mil y una reorganizaciones, ni, tampoco, haber descendido ni ascendido de cargo, ni, menos, haberse topado con alguien que hubiese encontrado importante dedicar su inteligencia a algo tan nímio como modernizar su oficio de lustrador o redondear la cuadriculada caja; La Repúplica no ha sabido nunca lo qué significa innovación, solo ha conocido la asimilación, decían por ahí algunos de los proyectos de sabio que él lustraba. Así entonces, sentado en su cuadriculada caja, don Francisco, se pensaba, que no se le había escapado nada. Y es que don Francisco, sin el uso de ninguno de esos aparatos ultramodernos, y sin quererlo, se enteraba de todo, aprendía un resto y conocía hasta los secretos más íntimos de los dueños de la pelota, sin que nunca jamás se le hubiese cruzado por su cabeza hacer uso de toda esa información confidencial, aun a sabiendas de que, con ella, podría haber hecho rodar como balón de fútbol una que otra cabeza o, por qué no, ganado millones, o, quizá, hasta evitado una que otra tragedia. Mejor dicho, siendo más poderoso que la CIA, la FIFA y Google juntos, era noble como un mesías. Era, como diría su hijo, una tumba sin zombi.

Pachito, hijo, preocupado con el despliegue mediático y el revuelo que las noticias sobre los asesinatos en serie estaban causando, después de tres días de ver a su padre con la caja de dientes cerrada y el ceño fruncido, empezó a sospechar algo: conocía perfectamente al espía que lo habitaba y, por lo mismo, estaba seguro de que su padre sabía más de lo que aparentaba. Fue al cuarto día de preocupaciones y desvelos cuando Pachito, hijo, por fin se arriesgó a preguntarle a su padre qué era lo que lo traía tan molesto. Francisco, padre, dándole vueltas al asunto de los asesinatos en serie, con la inquietud de todo buen padre de familia, le habló a su hijo de sus dudas con respecto a la gran amistad que entre él y el hijo de don Juan Carlos, conocido por todos como Juanca, desde niños se había entablado; hasta el punto de que, bien guardadas las proporciones y las distancias, Juanca había pasado a ser casi como otro más de sus hijos; cosa que había terminado por alimentar también los lazos de amistad entre él y don Juan Carlos; de tal modo que, antes de su muerte, don Juan Carlos habló sin tapujos con él sobre el misterioso asesinato de una mujer cuyo cadáver había sido hallado en una área aledaña al edificio del, para entonces, apenas naciente emporio industrial; sin que el crimen hubiese sido todavía dilucidado. Sí, tal como don Francisco lo había imaginado por años, tanto él como don Juan Carlos coincidieron en sus sospechas y en el nombre del asesino y, los dos, tenían muchos remordimientos por haber guardado silencio durante tantos años. Así entonces, le dijo don Francisco a su hijo, para evitar que la historia vuelva a repetirse, y no tener que colgar los guayos lleno de remordimientos, como le sucedió a don Juan Carlos, esta tarde casi he estado a punto de cometer una locura mesiánica: casi que los denuncié, a ti y a Juanca, como los presuntos asesinos en serie, Qué, de dónde has sacado tamaña locura, le preguntó boquiabierto Pachito, hijo, al padre; Es que llevó días escuchando a ese muchacho hablar a través de sus aparatejos contigo, de tal modo que esta mañana cuando lo escuché de nuevo diciéndote que no sabías de la que te habías perdido por no haberlo acompañado a gugolearse a esa vieja y luego tuiteársela, recordé lo que escuché ya hace años y pensé que tal y como sucedió entonces, está vez, tú, de puro inocentón, andabas de compinche y, con el dolor de mi alma, rememorando cosas que escuché en silencio sepulcral hace ya muchos años, tuve que pensar que ese muchacho, sin más explicación que la mala herencia, podía haber decidido seguir los pasos de la oveja negra de la familia. ¿Cómo se me iba a pasar por alto que cada vez que ha aparecido una mujer violada y asesinada en el Parque tú y él han hecho como si nada estuviese pasando y, ni creas que no me he enterado: son ya demasiadas semanas que mientras embolo a ese muchacho lo oigo hablar contigo sobre el cómo fue que la noche anterior, luego del partido de fútbol, se gugoleó a la vieja esa y después se la tuiteó, le dijo don Francisco a su hijo, concluyente... ¿Qué, qué? ¿Qué has pensado qué? le gritó perplejo Pachito, hijo, al padre; Pues eso, que de todos es sabido que el asesino, o asesinos, son hinchas furibundos del equipo rojo, y que, además, los asesinatos se realizan siempre después de que el equipo rojo pierde, y que el asesino, o asesinos, antes de matar a las víctimas les convierten las tetas en dos pelotas de fútbol, yo supuse entonces que era a eso a lo que tú y Juanca se referían cuando hablaban de gugolearse a una vieja y después tuiteársela, y ya que su padre, a quien Dios tenga en su Santa Gloria, no está más con nosotros para ayudarme a corregirlos, yo me sentí obligado a hacer lo que ni don Juan Carlos ni yo quísimos hacer ya hace muchos años con el hijo de don Guillermo, convirtiéndonos con nuestro silencio sepulcral en cómplices de un crimen horrendo, por eso decidí que debía denunciarlos a los dos, aun cuando con ello se me desgarrase el alma por duplicado, pues nunca sabrás cómo don Juan Carlos y yo siempre nos sentímos los padres más orgullosos del mundo por tener unos hijos tan buenos y tan diferentes de los hijos de don Guillermo, pues lo que han tenido que oír estos oídos que se han de comer la tierra, ay Señor, Señor, y pensar que hasta nos engullecíamos pensando en que además de amigos los dos habían salido hinchas del equipo rojo...  Pero papá, en qué mundo vives, y yo que pensaba que lo sabías todo, pero... no sabes acaso qué es Google ni Twitter????? Ahora si que en vez de embolarla la has embarrado, por fortuna no la cagaste... voy a enviarle de inmediato un Twitter a Juanca... Ay papá... mira, voy a enseñarte a que nos referimos cuando decimos que vamos a gugoleárnos a una vieja y luego tuiteárnosla... Mira, mira... Aaah, así que de eso se trata, entonces ahora que sé que es gugolear y tuitear voy a tuitearme al presunto asesino y, una vez hayas oído la historia que tengo para contarte, debes prometerme que me ayudarás a gugoleármelo... esta vez seré yo quién me lo tire en serie y en serio; no puede ser otro que él mismo de siempre...

Dos días más tarde el parque industrial fue expulgado y expropiado y, atrapado en los juegos nacionalistas, el Pulpo, que nunca fallaba un gol, para evitar más asesinatos en serie, botó el último penalty de la serie, clavándole en el pecho un autogugolazo al Redentor. Atrapados entre las garras del poder, algunos hinchas furibundos se han dedicado a tuitear insultos, sin tomarse el trabajo de indagar por las circunstancias que rodearon los hechos. Don Francisco, luego de recibir la medalla al buen padre, decidió jubilarse y colgar sus guayos dentro de su nueva caja de en...volar: una de esas cuadriculadas tablas que hacen y saben de todo, pero, como él mismo dice, no se enteran de nada; pues, a sus usuarios, por andar embobados mirando las tetas, las bolas se le pasan de largo.

@FK: Es un bicho raro tu padre, pero como las nuevas palabras son inciertas, yo concluyo que esta historia es, además de inútil, inventada, me ha tuiteado una vieja que firma: @Odradek.

Autora: Carmen Socorro Ariza-Olarte

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