Me voy a gugolear
a esa vieja
Desde
que empezaron los asesinatos en serie, Pachito, hijo, vio cómo su padre
regresaba a casa meditabundo y hasta malgeniado; algo que en don Francisco no
era usual. Él, a pesar de lo difíciles que fueron siempre sus circunstancias, con
su trabajo como lustrador oficial del parque industrial más importante de la
ciudad, a punta de cepillo, camello y acrobacias, supo levantar a su familia,
esmerándose siempre porque su único hijo tuviese la mejor educación
posible.
Pachito,
hijo, no recordaba haber visto nunca a
su padre con aquella amargura reflejada en su rostro. Por el contrario, desde
niño aprendió de él a conservar la risa y la calma, mucho más cuando las cosas
se les ponían color de hormiga; como cuando murió su madre, dejando a su padre viudo
con él apenas volantón. Aunque su padre era un hombre sin ninguna educación,
por todos era reconocido como un hombre bien avisado, quien con sus pocos dotes
supo ganarse el cariño y el respeto de todos los grandes empresarios; a
quienes, cada día, puntual, les lustraba los zapatos, y de quienes aprendió más
de lo que un buen estudiante aprende en la universidad. De hecho, aconsejado
por los dueños de las grandes empresas, se fue haciendo a una que otra acción,
y, de mandado en mandado, construyó su casa y educó muy bien a su hijo; algo
excepcional en la cerrada caja social en la que vivían. Aunque siempre se
sintió orgulloso y hasta contento con su oficio de lustrador, don Francisco nunca
quiso ese destino para su hijo; por eso se esmeró al máximo para que su Pachito
fuera en todo lo posible a la par con los hijos de aquellos hombres a los que
él a diario debía lustrar; bien guardadas las distancias y las proporciones.
Porque de todas maneras don Francisco era realista, y no se le habían pasado
por alto las infranqueables diferencias de clase ni las inconfesables rarezas
de los dueños del balón, reflejadas en las conversaciones que tuvo que oír
sentado en su cuadriculada caja durante casi cincuenta años... Años en los que
del simple código morse, el télex, la máquina de escribir Olympia y la
secretaría especializada en taquigrafía y ortografía, se fue pasando del
telegrama a la secretaría bilingüe, hasta llegar al fax, el computador y el
correo electrónico; con el consecuente reemplazo de las eficientes secretarías por
las asistentes que sabían de todo menos de ortografía o, peor, los llamados call centers. Años durante los cuales
todo cambiaba aceleradamente en el globo menos la férrea caja social en que
vivían. Sí, él había tenido que ser testigo de excepción de todo cuanto
acontecía no solo en el Parque sino en el panorama nacional e internacional, sin
haber sido reemplazado por las nuevas generaciones, ni haber tenido que confrontarse
con las mil y una reorganizaciones, ni, tampoco, haber descendido ni ascendido de
cargo, ni, menos, haberse topado con alguien que hubiese encontrado importante
dedicar su inteligencia a algo tan nímio como modernizar su oficio de lustrador
o redondear la cuadriculada caja; La Repúplica no ha sabido nunca lo qué
significa innovación, solo ha conocido la asimilación, decían por ahí algunos
de los proyectos de sabio que él lustraba. Así entonces, sentado en su
cuadriculada caja, don Francisco, se pensaba, que no se le había escapado nada.
Y es que don Francisco, sin el uso de ninguno de esos aparatos ultramodernos, y
sin quererlo, se enteraba de todo, aprendía un resto y conocía hasta los
secretos más íntimos de los dueños de la pelota, sin que nunca jamás se le
hubiese cruzado por su cabeza hacer uso de toda esa información confidencial,
aun a sabiendas de que, con ella, podría haber hecho rodar como balón de fútbol
una que otra cabeza o, por qué no, ganado millones, o, quizá, hasta evitado una
que otra tragedia. Mejor dicho, siendo más poderoso que la CIA, la FIFA y Google
juntos, era noble como un mesías. Era, como diría su hijo, una tumba sin zombi.
Pachito,
hijo, preocupado con el despliegue mediático y el revuelo que las noticias
sobre los asesinatos en serie estaban causando, después de tres días de ver a
su padre con la caja de dientes cerrada y el ceño fruncido, empezó a sospechar
algo: conocía perfectamente al espía que lo habitaba y, por lo mismo, estaba
seguro de que su padre sabía más de lo que aparentaba. Fue al cuarto día de
preocupaciones y desvelos cuando Pachito, hijo, por fin se arriesgó a
preguntarle a su padre qué era lo que lo traía tan molesto. Francisco, padre,
dándole vueltas al asunto de los asesinatos en serie, con la inquietud de todo
buen padre de familia, le habló a su hijo de sus dudas con respecto a la gran
amistad que entre él y el hijo de don Juan Carlos, conocido por todos como Juanca,
desde niños se había entablado; hasta el punto de que, bien guardadas las
proporciones y las distancias, Juanca había pasado a ser casi como otro más de
sus hijos; cosa que había terminado por alimentar también los lazos de amistad
entre él y don Juan Carlos; de tal modo que, antes de su muerte, don Juan
Carlos habló sin tapujos con él sobre el misterioso asesinato de una mujer cuyo
cadáver había sido hallado en una área aledaña al edificio del, para entonces,
apenas naciente emporio industrial; sin que el crimen hubiese sido todavía
dilucidado. Sí, tal como don Francisco lo había imaginado por años, tanto él
como don Juan Carlos coincidieron en sus sospechas y en el nombre del asesino
y, los dos, tenían muchos remordimientos por haber guardado silencio durante
tantos años. Así entonces, le dijo don Francisco a su hijo, para evitar que la
historia vuelva a repetirse, y no tener que colgar los guayos lleno de
remordimientos, como le sucedió a don Juan Carlos, esta tarde casi he estado a
punto de cometer una locura mesiánica: casi que los denuncié, a ti y a Juanca,
como los presuntos asesinos en serie, Qué, de dónde has sacado tamaña locura,
le preguntó boquiabierto Pachito, hijo, al padre; Es que llevó días escuchando
a ese muchacho hablar a través de sus aparatejos contigo, de tal modo que esta
mañana cuando lo escuché de nuevo diciéndote que no sabías de la que te habías
perdido por no haberlo acompañado a gugolearse
a esa vieja y luego tuiteársela, recordé
lo que escuché ya hace años y pensé que tal y como sucedió entonces, está vez,
tú, de puro inocentón, andabas de compinche y, con el dolor de mi alma,
rememorando cosas que escuché en silencio sepulcral hace ya muchos años, tuve
que pensar que ese muchacho, sin más explicación que la mala herencia, podía
haber decidido seguir los pasos de la oveja negra de la familia. ¿Cómo se me
iba a pasar por alto que cada vez que ha aparecido una mujer violada y asesinada
en el Parque tú y él han hecho como si nada estuviese pasando y, ni creas que
no me he enterado: son ya demasiadas semanas que mientras embolo a ese muchacho
lo oigo hablar contigo sobre el cómo fue que la noche anterior, luego del partido
de fútbol, se gugoleó a la vieja esa
y después se la tuiteó, le dijo don Francisco
a su hijo, concluyente... ¿Qué, qué? ¿Qué has pensado qué? le gritó perplejo
Pachito, hijo, al padre; Pues eso, que de todos es sabido que el asesino, o
asesinos, son hinchas furibundos del equipo rojo, y que, además, los asesinatos
se realizan siempre después de que el equipo rojo pierde, y que el asesino, o
asesinos, antes de matar a las víctimas les convierten las tetas en dos pelotas
de fútbol, yo supuse entonces que era a eso a lo que tú y Juanca se referían
cuando hablaban de gugolearse a una
vieja y después tuiteársela, y ya que
su padre, a quien Dios tenga en su Santa Gloria, no está más con nosotros para
ayudarme a corregirlos, yo me sentí obligado a hacer lo que ni don Juan Carlos
ni yo quísimos hacer ya hace muchos años con el hijo de don Guillermo,
convirtiéndonos con nuestro silencio sepulcral en cómplices de un crimen
horrendo, por eso decidí que debía denunciarlos a los dos, aun cuando con ello
se me desgarrase el alma por duplicado, pues nunca sabrás cómo don Juan Carlos
y yo siempre nos sentímos los padres más orgullosos del mundo por tener unos
hijos tan buenos y tan diferentes de los hijos de don Guillermo, pues lo que
han tenido que oír estos oídos que se han de comer la tierra, ay Señor, Señor,
y pensar que hasta nos engullecíamos
pensando en que además de amigos los dos habían salido hinchas del equipo rojo...
Pero papá, en qué mundo vives, y yo que
pensaba que lo sabías todo, pero... no sabes acaso qué es Google ni Twitter????? Ahora
si que en vez de embolarla la has embarrado, por fortuna no la cagaste... voy a
enviarle de inmediato un Twitter a Juanca... Ay papá... mira, voy a enseñarte a
que nos referimos cuando decimos que vamos a gugoleárnos a una vieja y luego tuiteárnosla...
Mira, mira... Aaah, así que de eso se trata, entonces ahora que sé que es gugolear y tuitear voy a tuitearme al presunto asesino y, una vez
hayas oído la historia que tengo para contarte, debes prometerme que me
ayudarás a gugoleármelo... esta vez
seré yo quién me lo tire en serie y en serio; no puede ser otro que él mismo de
siempre...
Dos
días más tarde el parque industrial fue expulgado y expropiado y, atrapado en
los juegos nacionalistas, el Pulpo, que nunca fallaba un gol, para evitar más
asesinatos en serie, botó el último penalty de la serie, clavándole en el pecho
un autogugolazo al Redentor. Atrapados
entre las garras del poder, algunos hinchas furibundos se han dedicado a
tuitear insultos, sin tomarse el trabajo de indagar por las circunstancias que
rodearon los hechos. Don Francisco, luego de recibir la medalla al buen padre,
decidió jubilarse y colgar sus guayos dentro de su nueva caja de en...volar:
una de esas cuadriculadas tablas que hacen y saben de todo, pero, como él mismo
dice, no se enteran de nada; pues, a sus usuarios, por andar embobados mirando
las tetas, las bolas se le pasan de largo.
@FK: Es un bicho raro tu padre, pero como las nuevas
palabras son inciertas, yo concluyo que esta historia es, además de inútil,
inventada, me ha tuiteado una vieja que firma: @Odradek.
Autora:
Carmen Socorro Ariza-Olarte