miércoles, 16 de enero de 2013


Sola

Encontrarás bajo tu almohada un i-pad de regalo, con una mininota escrita por tu hijo que dirá, Mom, úsalo para alcanzarme, abrí un twitter para ti, @solambulla. Gastarás unos días en entender cómo funciona el aparatico y, al lograrlo, verás un tuit de Mateo escrito en @br@cAdabr@. Sin poder traducirlo, recordarás cómo a los cuarenta decidiste tener un hijo que, creíste, te ayudaría a mantenerte joven y, sobre todo, actual. Sola, recurriste a métodos de fecundación asistida que te tomaron más tiempo y energía que lo que gastó Mateo en nacer, crecer e irse. Todo tan de prisa que sus pañales se te enredaron en sus redes sociales y, en aquel corre-corre, Mateo se ha largado al college inglés con su inevitable, Mom, mañana te enseño. Sola, te herirá escuchar la bulla de tu egocéntrico nombre.

Socorro Ariza-Olarte 

 

 

viernes, 4 de enero de 2013

Retratos



Utrecht y mi amor a la literatura

Escrito especialmente para El Magazín de El Espectador

Sí, ya sé que la mayoría de ustedes se estará preguntando desde, Y dónde queda Utrecht, hasta, Y está loca cómo fue a parar a Utrecht; cosa que no me sorprende, pues antes de llegar aquí como expatriada yo misma era poco lo que sabía, excepto que en mis clases de historia en el colegio me  tocó aprender  algo sobre un tratado firmado en 1713 en el que el imperio español aceptaba repartir sus haberes  entre Austria, Inglaterra y los Países Bajos, incluido el tráfico de esclavos.  

También estarán pensando que si voy a escribir de una ciudad y su literatura debería empezar con la mundialmente requete famosa Amsterdam: la ciudad de los coffie-shops, las gigantescas vitrinas en las que se exhiben tal y como Dios las trajo al mundo, día y noche, las trabajadoras del sexo y, además, los también famosos festivales gay; pues bien, les diré que es precisamente por ser tan bien conocida que no quiero caer de una en el cliché. A mí personalmente me aburre mucho que siendo el globo terráqueo tan grande, y habiendo infinidad de ciudades, siempre se hable de apenas un puñado de ellas y todo, absolutamente todo, se enfoque a París, Londres o New York, que, a propósito, en sus comienzos se llamó New Amsterdam, puesto que fueron los holandeses los primeros en echarle mano a la manzana que, de tan grande y difícil de roer, terminó por indigestarlos; y eso que, lo digo por experiencia, los holandeses son los mejores comedores de manzanas del mundo; nadie puede imaginar la manera perfecta cómo ellos en cuestión de segundos se engullen una, estén donde estén, sin casi ensuciarse los dedos, dejando eso sí intacto el corazoncito: precisamente la partecita más dura y difícil de digerir. 

Así pues, dejando de lado a las grandes vedettes, regresó a Utrecht; una ciudad encantada, como casi todas la ciudades medievales, que en forma de telaraña ha ido creciendo y modernizándose sin perder su hechizo; pues empezando por el Dom: la cátedral gótica que con sus largas uñas de prestigitadora, siglo tras siglo, teje y desteje la intrincada telaraña mientras nos señala implacable el camino, hasta sus viejos canales y angostas callejuelas, todo conserva el embrujo de lo añejo, lo que ha perdurado a través del devenir del tiempo con estoicismo calvinista dirán los unos, o, con locura erasmiana, dirán los otros. Puesto que no cabe duda que tanto Calvino como Erasmus de Rotterdam son dos de los padres del pensamiento holandés.

Y así como estos dos fueron antagonistas, hoy quiero invitarlos a recorrer junto conmigo mi encantada ciudad adoptiva de la mano de dos personajes literarios tan modernos como diametralmente opuestos.  Para iniciar el recorrido, y siguiendo las lecciones de Barthes, quisiera caminar con ellos de dos diferentes maneras, junto a la pequeña conejita Nijntje rodearé las callejuelas embrujadas de la ciudad gótica soñando y jugando mis juegos de ficción; y junto con el otro, con Sigmund, por ser un monumento del psicoanálisis, no podría, así quisiera, ponerme con rodeos; con él, como podrán comprobarlo, todo es tan atravesado como la misma realidad.

Mi primer encuentro con Nijntje fue en el bosque de Amelisweerd, adonde yo llegué a  cohabitar, junto a un esposo holandés, en una de esas típicas casitas de la campiña holandesa, desde la cual, aunque rodeada de vegetación, si me subía al ático, a lo lejos, podía ver las uñas del Dom perfectamente delineadas, señalándome amenazantes. Fue en aquel ático, convertido en mi atelier, cuando en una tarde de invierno, estando ocupada con la lectura de un librito muy popular por aquel entonces entre los expats, llamado “The Undutchables”, escrito por una pareja de estadounidenses que narran sus impresiones viviendo por algún tiempo en Holanda, de súbito se presentó mi vecina Johanna y, luego de decir algo entre muelas sobre los colores y demás con que había pintado y decorado aquel espacio frío, me entregó un pequeño librito que traía la figura de la  conejita Nijntje en la portada. De inmediato quedé maravillada, pues Nijntje es un personaje tan hermoso y tierno que es  imposible no derretirse ante ella. Un personaje de ficción con el que los niños holandeses aprenden a hablar, escribir y leer. De tal manera que nunca olvidaré aquella tarde. Fue como si en un segundo me hubiesen devuelto en una cámara del tiempo al día feliz en que mi madre, cansada con mi preguntadera sobre lo divino y lo humano, me llevó de la mano a matricularme en el Liceo Jardín de María, y ya de regresó me compró la cartilla aquella con que todos los niños de mi generación, creo, aprendimos a leer y escribir: La Alegría de Leer.

Tampoco olvidaré que casi como una premonición, la primera figura que se me apareció cuando rompí los sellos y abrí el librito fue la de una manzana llorona. En holandés manzana, como en inglés, comienza con A, se escribe  appel; así, en su primera lección, la inocente Nijntje me enseñó a llorar en neerlandés, cosa que como una niña pérdida hice muchas veces. Es imposible no hacerlo cuando te lanzas de cabeza dentro del mundo cuadriculado de los reingenieros de almas del Reino; como yo rebauticé a esos seres que Erasmus de Rotterdam en su “Elogio a la Locura” describió perfectamente como las veletas al servicio de la Iglesia y la Corona (dos poderes por aquel entonces inseparables); quienes tenían y tienen a su cargo el lleva y trae que ha ido llenando las urnas y los baúles del tesoro, tanto de los unos como de los otros, portando con hipocresía el título de consejeros: lobos disfrazados de corderos, expertos en hacer dinero mientras reforman estados y cabezas.  

            No obstante mi moquiadera permanente ahí estaba Nijntje, mi conejita de la suerte, que metida en mi morral de estudiante me dio el ánimo para junto con ella aventurarme más allá del bosque embrujado y dejar de ser analfabeta; que es como te sientes cuando te ves confrontada con un idioma y una cultura totalmente desconocida. Entonces más cerca de lo imaginable –porque aquí todo es tan pequeño que tiempo y espacio se fusionan hasta eliminarse mutualmente-, llegamos a Ledijf Ergf; una de las grandes puertas de entrada a la ciudad medieval; el sitio adonde las arandelas de la telaraña alcanzan su amplitud máxima y las arterias principales se abren ante ti como en abanico, en espera de que escogas por cual de ellas quieres adentrarte en los misterios del medievo. Éste es un punto de encuentro para una buena parte de los habitantes de Utrecht, sobre todo de los estudiantes y, digamos, los intelectuales. Funcionan allí desde cafés como Ledijf Ergf y De Poort, hasta Louis Hartlooper Complex: una especie de emporio cinematográfico con muchas salas de proyección, café-bar-restaurantes y salas de conferencias en donde se realizan a menudo seminarios y cursos sobre cine y todo lo relacionado. Y, justo en frente, un poco en diagonal, se halla  el James Boswell Instituut: el instituto de lenguas de la Universidad de Utrecht, que lleva el nombre de un prominente letrado escocés del siglo XVIII, convertido casi en un símbolo del romanticismo de la época por haber sido el eterno enamorado de una emancipada y aristócrata escritora de la ciudad, llamada Belle van Zuylen, con quien James Boswell luego de ser rechazado tuvo que conformarse con mantener correspondencia. Dichas cartas los hicieron famosos a los dos. Hoy el castillo donde está dama residía, ubicado sobre el río Vecht, es un romántico museo en donde se celebran durante todo el año ceremonias nupciales.

            Sin salirme mucho del entorno, y dejando de lado el idilio en el Vecht, regreso al James Boswell Instituut, puesto que fue allí adonde, siempre con Nijntje en mi morral, estudié neerlandés y empecé a aprender más y más sobre el karakter holandés, o sea a inburguerizarme, que aunque no lo crean es algo muy similar a una cosa muy criticada en las sociedades que se ufanan de ser civilizadas y abiertas; algo así como un adoctrinamiento.  

Fue un día en que luego de salir de clase, cansada con la inburguerización a la que me estaba viendo sometida, y con ganas de mandarlo todo para el carajo, Nijntje me agarró de la mano y me fue adentrando a lo largo del Singel: uno de los brazos del Oude Graag: viejo canal que rodea la ciudad antigua y se te aparece por doquier, a veces cantando otro nombre como ahora. De pronto, unos metros más adelante, vi una foto de Nijntje que me invitaba a visitar su tienda-casa, ubicada dentro de una iglesia convertida en el Centraal Museum. Otro sitio obligado, adonde aparte de las exposiciones permanentes de pintores como Carel Willink o Johannes Hendrikus Moesman se puede apreciar la colección de Gerrit Rietveld: famoso decorador de interiores y arquitecto de la ciudad, conocido internacionalmente por su principio, Menos es más.   

            Aunque en aquellos días, años 98-99, Nijntje per se no tenía su propia casa como ahora, ver su colección completa fue hermoso; por ello trató desde entonces de visitar a mi Nijntje y todos sus amigos cada vez que siento el deseo de volver a ser niña iluminada; y si no puedo hacerlo físicamente lo hago vía Internet aprovechando que mi conejita de la suerte ahora no solo es dueña de su propia casa, sino que tiene su propia telaraña: www.Nijntje.nl

            Dos años más tarde, una soleada mañana de septiembre del 2001, cuando apenas acababa de decidir que me quedaría de tiempo completo en Holanda, fue cuando caminando por Zadelstraat -una callecita que se extiende a los pies del Dom desde la plazoleta de las artes y las ciencias donde funciona el Conservatorio de Música, llamada MariaPlaats, y por lo mismo cuando vas por ella sientes como si estuvieses arrodillado ante aquella catedral que te subyuga con su imponencia-, de pronto escuché que un niño casi gritaba, Dag meneer Bruna! (¡Buen día, señor Bruna!) y al voltear a mirar, zas, ahí estaba sobre su bicicleta, sonriendo con su bigote animado, el padre inventor de Nijntje: don Dick Bruna, toda una institución en la ciudad encantada y en todo el Reino. Algo así como el Walt Disney de Holanda.

Por aquellos días mis encuentros con él se repitieron debido a que los dos íbamos hacia nuestros trabajos a la misma hora: él a su atelier y yo al mío: Arte Mexicano, una tienda de arte latinoamericano, también con su propia historia en la ciudad, adonde yo trabajaba tratando de mejorar mi nivel de holandés, mientras corregía el manuscrito de mi primera  novela, la cual había escrito sentada en la terraza de una villa en Willemstad, Curazao, adonde habité parte de aquellos años. Mi trabajo en Arte Mexicano: el ‘refugio latino’, como yo lo apodé, fue una experiencia bastante enriquecedora. Allí conocí y escuché sobre las vidas de muchos latinoamericanos inmigrantes, y, mientras  observaba a través de las ventanas el ir y venir de la vida holandesa, aprendí también mucho sobre mí misma y, sobre todo, aprendí a ver mi propia patria de otra manera: en calidoscopio.

Estando allí supe que el señor Bruna era un abuelo feliz, perteneciente a una prominente familia de editores, dueña de la cadena de tiendas que llevan el nombre Bruna, y están regadas por todas las ciudades holandesas. Cuenta la historia que el señor Bruna se convirtió en algo así como la oveja negra de la familia cuando decidió ser un simple dibujante y, para remate, escribir libros para niños. Casualmente su primera obra se llamó “De Appel”, y fue un poco más tarde cuando queriendo hacer una historia que contarle a su hijo nació Nijntje: un personaje que ya es popular en casi todo el mundo, y produce tanto o más que Mickey Mouse, dicen, puesto que en Holanda, siguiendo los preceptos calvinistas, una de las reglas de oro es que el dinero no es para mostrar ni hacer alarde de riqueza.

Fue también uno de aquellos días en que con mi librito mágico en el bolso me aventuré así, sin pensarlo dos veces, a decirle algo al señor Bruna, Dag meneer Bruna! le dije cuando lo vi venir en su bici, Dag, me respondió, hoe gaat het met U?, Uitstekend!, le respondí sorprendida al ver que el señor Bruna se bajaba de su bicicleta para saludarme. Sin siquiera pensarlo le pedí por favor firmarme mi Nijntje, cosa que hizo muy amable. A partir de aquel instante supe que si había sido capaz, por fin, de pronunciar aquella palabra imposible: uitstekend (a las mil maravillas), y pedirle sin miramiento al señor Bruna que me firmará mi Nijntje, era porque también de verdad, verdad, había aprendido aquel idioma enredado: había, por fin, roto el hechizo. Entonces fue cuando me zafé por fin del pesado Dom, y libre de sus garras, levanté mi cabeza, lo miré de frente y le hice pistola con mis bien recortadas uñitas: lo reté. ¿Quién me iba a decir en aquellos años de indecisión y miedo que yo iba a ser capaz de un acto tan terrorista?

Y es que si con Nijntje he jugado juegos de niños, llenos de ficciones y fantasias, ha sido Sigmund, su antagonista, el encargado de devolverme sin ningún miramiento ni escrúpulo a la cruda realidad; porque si Nijntje es tierna, Sigmund es bruto; si Nijntje es inocente, Sigmund es perverso; si Nijntje es ingenua, Sigmund es abyecto; si Nijntje es dulce, Sigmund es amargo; y así podría quedarme enumerando sus diferencias, sin encontrar casi que ninguna coincidencia excepto que los dos conforman las dos caras de una moneda holandesa que yo, como El Zahir de  Borges, me he dedicado a hacer rodar... Quizás... después de todo.. detrás de la moneda esté Dios.

Tal vez sea nomás por eso que Sigmund, como el “simulador” de Bacon, para no tener que excusarse ni explicarse, ha optado por mirar de reojo, cubriéndose un ojo con un parche negro y, así, hacer de esa desviación de su mirada su única desviación y su única negación. Es que, como ya se los había advertido desde el comienzo, con Sigmund todo es tan atravesado que de una vas a parar al otro lado: la paja siempre se ve más fácil en el ojo ajeno, y/o la paja siempre es más verde en el solar del frente; es parte del descreste. Ver www.sigmund.nl

Sigmund, el psiquiatra, es un personaje de tira cómica que yo me atrevería a decir engendra todos los males de las sociedades postmodernas. No es entonces de extrañar que aparezca cada día en el periódico del pueblo holandés, poniendo en evidencia solapada los profundos males que no solo aquejan a este Reino donde habito sino a casi todas las sociedades europeas. Yo misma tengo que admitir que uno que otro día, leyendo a Sigmund, me han dado ganas de botarlo a la basura; pues como magistralmente lo dijo sentado en la taza del baño, Leopoldo Bloom(Ulises), mientras leía el periódico para el cual él mismo trabajaba, Es tan cochino que ni para limpiarme el culo me serviría. No obstante, aceptando la dualidad de todo ser, lo que he hecho es tratar de psicoanalizarme junto con él, hasta encontrar las razones que me llevaron a, casi sin entender el idioma, buscar con curiosidad en el periódico lo que Sigmund decía día tras día. Y era que después de mis tiernos e ingeniosos encuentros con Nijntje yo siempre debía, o bien regresar a casa, o bien bajarme de mi ático-atelier, hambrienta de realidad: de noticias. Era como si a través de él y de lo que salía a diario publicado en los periódicos yo quisiera encontrar dónde carajos me hallaba parada y, tal vez como él, ya que no podía alcanzarlo, atravesar el corazón de Holanda. No lograba acostumbrarme a tanta indiferente diferenciación e indiferencia, mejor dicho, aunque lo trataran a diario, no lograban deslumbrarme; y por eso mismo prefería a un ser despiadado, o despojado de todo sentimiento, como Sigmund: con él siempre supe a que atenerme, con los demás mi búsqueda era infructuosa. Mas, cuando una de las razones por las que había decidido salir de mi patria era la necesidad de paz, y todo lo que escuchaba en los noticieros y lo publicado en los periódicos solo hablaba e incitaba a la guerra; y es que, como lo fui aprendiendo, mostrar la guerra que se ayuda a alimentar afuera es una buena manera de mantener al pueblo contento por dentro; además de que el banco, o los bancos, que tienen a cargo la administración de los conflictos internos de los pueblos descrestados son los mismos que se encargan de controlarles la deuda externa –es un secreto a voces-. De esa manera, la pretendida luminosa realidad feliz, de la que todos se ufanaban, para mí pocas veces era acordé con la realidad que yo experimentaba tanto adentro como afuera de mi casita en el bosque encantado de Amelisweerd.

Así fue que, empeñada en encontrar cuál era mi sitio en este pedacito de Tierra, hice tanto de Nijntje como de Sigmund mis personajes favoritos. En definitiva Nijntje no era más que una conejita, y Sigmund, a pesar de toda su abyección, era el único capaz de decirme la verdad sin toda esa parfernalia sobre la que se construye o deconstruye una lengua; pues como lo he ido descubriendo, poco a poco, la complejidad de la lengua es, como el parche de Sigmund, la que permite que la gente vaya por el mundo sin excusarse ni explicarse; total! es la lengua. Hoy, más de diez años después, y un poco más sabia gracias no solo a mi experiencia de vida, sino a mis lecciones diarias de filosofía oriental y mis sesiones de meditación zen, entiendo mucho mejor la dualidad y, un tanto cansada no sé si con la falta de veracidad de la lengua, o a la complejidad para acceder a ella, hace ya dos o tres años decidí cancelar mi suscripción al periódico de Sigmund y pasarme para otro un poco más enfocado a la irrealidad, o sea: al arte y a la cultura. Desde entonces mis citas con Sigmund se han hecho esporádicas, lo buscó solo cuando sale la recopilación de su última sesión, la cual compró siempre en una tienda especializada en tiras cómicas que me devuelve al cuchitril a donde siendo una niña iba con mis amigos del barrio; a alquilar, cambiar o vender los cómics y demás historietas de moda. Dicha tienda, llamada Piet Snot –un nombre que significa o denota: ridículo- está ubicada sobre uno de los holanes que caen a los pies del Dom, en una casa del siglo XV, de esas que se han ido jorobando con el peso de los años y huelen a moho milenario y a pescado viejo; debido quizás a que en aquella calle funcionó antaño el mercado del pescado, y por eso se llama Vismarket. Y como si con el nombre y el pesado aroma a guardado no fuese suficiente llegan a Piet Snot directamente los aromas a café serrano y appelbollen de uno de mis cafés favoritos: el Graff Floris, envueltos en los aromas del wit, o marihuana, provenientes de uno de los coffie-shops más visitados de la ciudad, quizá por estar ubicado precisamente ahí: en uno de los puntos más turísticos de ella. Y es que hasta hace apenas unas cuantas semanas la mayoría de los turistas que visitaban a Holanda lo hacían para poder consumir drogas soft sin ningún tipo de prohibición, pues a los coffie-shops se iba a eso: a consumir drogas de todo tipo, sin miedo de ser detenido o multado. Ahora el gobierno holandés; quizás al escuchar sobre la petición oficial que han hecho países productores como el nuestro de legalizar las drogas; para proteger sus propios interesés y esconder el poco honorífico estatus de ser el mayor productor de éxtasis y drogas hechas en laboratorio, aparte de la prohibición de fumar en sitios públicos, ha decidido imponer una norma que obliga a estos empresarios a vender dichas drogas solo a los holandeses registrados; entonces, dicen, los coffie-shops se están convirtiendo en una especie de clubs privados. Algo que me ha llevado a pensar de inmediato en cómo se estará sientiendo Sigmund, y qué habrá dicho al respecto, pues él suele irse de bares de todo tipo, en los cuales, aparte de meterse lo que caiga, suele caerle a la tía que esté sola sentada en la barra con su típica pregunta, Is deze kruk vrij? (Está libre este butaco? ), y así darle comienzo a sus noches de –digamos- bohemia. Noches que la mayoría de las veces terminan con él solo, recostado en su sofá de psicoterapeuta, echándose y/o metiéndose un pajazo –que para el caso es lo mismo- en completa y total depresión. Es que la mayoría de las veces Sigmund no logra ligar; y si lo consigue es casi seguro que la dama en cuestión le salga travestí, o algo por el estilo; cosa que a Sigmund, con tal de tirar, le tiene totalmente sin cuidado; fornica hasta con los animales. Sí, este personaje, les advierto, le jala a todo, y cuando digo a todo es a todo. A veces, como ya les conté, me digo, Uich Socorro, que haces leyendo esta cochinada, pero qué hacer, si para mí él es quien me ha ido desvelando el lado oscuro de la conciencia del Reino... Las lecturas perversas, dice Barthes, implican una escisión...sé que no son más que palabras, pero de todas maneras[...] Como en el Ulises de Joyce supongo que es una toma de conciencia de que la vida mental humana no se da sino en forma de lenguaje.

Y vean ustedes que la gran sorpresa me la llevé cuando vine a enterarme de que precisamente el padre creador de Sigmund lleva el nombre de Wit, que yo asimilé de inmediato a wiet, aquella parte del aroma de Sigmund que nunca sabré si me atrae, me embrutece o me delata. Peter de Wit, es un caricaturista autodidacta, que vive en Amsterdam y comparte su atelier con otros dos artistas jóvenes, quienes le ayudan a cranear sus tiras cómicas y las nuevas aventuras en que Sigmund terminará, atravesado como es, casi siempre enholanado, o sea: enredado.

En todo caso que el creador de Sigmund, Peter de Wit, habite o no en Utrecht para mí no cambia nada, en mi largo recorrido yo he aprendido que el lugar no es lo importante. Las ciudades todas, como tan bien lo describió Gÿorgy Konrád en su novela El Constructor de Ciudades, se caracterizan por ser sitios donde La guerra cotidiana, insidiosa, silente y no declarada se da entre los que la planean, por un lado, contra los que la habitan, por el otro: la guerra de los manipuladores de la vida contra los que la viven; la violencia de aquellos que al planificar nuestra felicidad aseguran nuestra infelicidad, frente a la respuesta de aquellos que intentan vivir día a día, a pesar de la infelicidad, y lo consiguen gracias a una cadena de actos mínimos de amor, sensualidad, humor, creatividad y amistad.

Hoy en día, asida con mi mano derecha de Nijntje, y con mi mano izquierda de Sigmund, contenta entiendo mejor la fuerte influencia que ha tenido el pensamiento calvinista en esta sociedad, y comprendo también porque algunos pensadores han gastado su vida tratando de comprobar la influencia de Erasmo de Rotterdam en el pensamiento español y su representación: o bien Don Quijote de la Mancha, o bien nosotros los latinos –quiero decir-. Como lo constata M. Bataillon, Hay un profundo parentesco entre la regocijante y variada historia de Don Quijote y el elogio erasmiano a la regocijante y multiforme cordura que cohabita con la locura.

Así, en busca de la identidad de Holanda, me he encontrado que como casi todas las identidades, en un mundo cada vez más abierto y más global, anda refundida, y, más confundida que nunca, se debate entre ese ser puro que ha ido degenerando en un puritano que para lavar sus culpas es muy, pero muy caritativo; y ese ser que de tanto ufanarse de su condicionada libertad se transforma en el  libertino capaz de abusar hasta de la misma Caridad, como lo acaba de demostrar el “Informe Deetman”, en el cual se hace oficial que entre los años 1945 y 2010 se registraron, solamente en Holanda, entre 10 y 20 mil casos de abuso sexual, cometidos estos por miembros de la Iglesia Católica.

Lo mejor de todo este, digamos, ‘trabajo de campo’, que he realizado durante más de diez años, es que buscando lo que nos hace diferentes, los unos a los otros, me he reencontrado conmigo misma. Puedo decir feliz que caminando por las oscuras calles medievales de Utrecht he renacido: no he atravesado, sino trascendido la idea de realidad.

También, aprender la lengua holandesa, e ir realizando al mismo tiempo un análisis contrastivo entre el holandés y el español, me ayudó a reafirmarme en la diferencia que existe entre vivir y habitar; dos cosas que en el idioma neerlandés tienen su propio verbo y no se mezclan nunca como sí solemos hacerlo en español; wonen: habitar y leven: vivir. Una diferencia que sobre todo en los momentos de oscuridad siempre me ha ayudado a recrear mi propia idea de realidad, y a saltarme con gracia las cuadriculas en que día tras día tratan de encasillarme. Una vez sabes bien quién eres, puedes habitar donde sea sin deprimirte ni intoxicarte; pues una cosa es habitar en Bogotá, Utrecht o Dubai; y otra muy distinta es vivir. En la ciudad que habito, como en todas, la dualidad es la constante. En la ciudad que habito, la contaminación es tan tenaz que al igual que la mayoría de sus habitantes sufro de una silente astma; en la ciudad que habito, a pesar de preciarse de sus ciclovías y sus cientos de bicicletas, yo no puedo usar la mía para ir al centro sin el peligro de que se la roben, pues los parqueaderos poco a poco han ido desapareciendo para darle paso a más y más obras; en la ciudad en que habito el transporte público no es sucio, sino cochino, aparte de que los trenes siempre están retrasados; en la ciudad que habito, cuando quiero caminar, debo ir siempre con la cabeza gacha para poder esquivar la mierda que los perros dejan tras de sí y/o los gargajos de sus dueños; en fin, en la ciudad que habito, aunque todo parezca distinto, es lo mismo que en otra cualquiera, pues en la deslumbrante realidad no existe la tal Utopía de Moro, a quien Erasmus le dedicó su moira. No obstante, más allá de la escinción, aceptando mi propia dualidad: mi lado oscuro y mi lado de luz; he tratado de ir por y en el medio, y he recreado así mi propia ‘Ciudad Virtual’. Ahí, en mi mundo interior, me ipsum, es donde vivo, tal y como vine, felizmente iluminada. Recreando mi propio mundo virtual, jalándole a la ficción, aun cuando todo me obligue a mantenerme con los pies bien puestos sobre el Planeta a Tierra,  es como he visto por fin que no todo es blanco ni negro; ni bueno ni malo y que, como el oro, llegué a Europa iluminada y que, aunque lo hayan tratado con disciplina rigurosa, a cal y canto no han logrado deslumbrarme: todos somos parte y arte del mismo terrárium.

Firmado en Utrecht, el 4 de enero del 2012

Socorro Ariza.

Escritora y Consultora Intercultural, radicada en Utrecht.