Utrecht y mi amor a la literatura
Escrito especialmente para El Magazín de El Espectador
Sí, ya sé que la mayoría de ustedes se estará
preguntando desde, Y dónde queda Utrecht, hasta, Y está loca cómo fue a parar a
Utrecht; cosa que no me sorprende, pues antes de llegar aquí como expatriada yo
misma era poco lo que sabía, excepto que en mis clases de historia en el
colegio me tocó aprender algo sobre un tratado firmado en 1713 en el que
el imperio español aceptaba repartir sus haberes entre Austria, Inglaterra y los Países Bajos,
incluido el tráfico de esclavos.
También estarán pensando que si voy a escribir de una
ciudad y su literatura debería empezar con la mundialmente requete famosa
Amsterdam: la ciudad de los coffie-shops,
las gigantescas vitrinas en las que se exhiben tal y como Dios las trajo al
mundo, día y noche, las trabajadoras del sexo y, además, los también famosos
festivales gay; pues bien, les diré que es precisamente por ser tan bien
conocida que no quiero caer de una en el cliché. A mí personalmente me aburre
mucho que siendo el globo terráqueo tan grande, y habiendo infinidad de
ciudades, siempre se hable de apenas un puñado de ellas y todo, absolutamente
todo, se enfoque a París, Londres o New
York, que, a propósito, en sus comienzos se llamó New Amsterdam, puesto que fueron los holandeses los primeros en
echarle mano a la manzana que, de tan grande y difícil de roer, terminó por indigestarlos;
y eso que, lo digo por experiencia, los holandeses son los mejores comedores de
manzanas del mundo; nadie puede imaginar la manera perfecta cómo ellos en
cuestión de segundos se engullen una, estén donde estén, sin casi ensuciarse
los dedos, dejando eso sí intacto el corazoncito: precisamente la partecita más
dura y difícil de digerir.
Así pues, dejando de lado a las grandes vedettes, regresó
a Utrecht; una ciudad encantada, como casi todas la ciudades medievales, que en
forma de telaraña ha ido creciendo y modernizándose sin perder su hechizo; pues
empezando por el Dom: la cátedral gótica
que con sus largas uñas de prestigitadora, siglo tras siglo, teje y desteje la
intrincada telaraña mientras nos señala implacable el camino, hasta sus viejos
canales y angostas callejuelas, todo conserva el embrujo de lo añejo, lo que ha
perdurado a través del devenir del tiempo con estoicismo calvinista dirán los
unos, o, con locura erasmiana, dirán los otros. Puesto que no cabe duda que
tanto Calvino como Erasmus de Rotterdam son dos de los padres del pensamiento
holandés.
Y así como estos dos fueron antagonistas, hoy quiero
invitarlos a recorrer junto conmigo mi encantada ciudad adoptiva de la mano de
dos personajes literarios tan modernos como diametralmente opuestos. Para iniciar el recorrido, y siguiendo las
lecciones de Barthes, quisiera caminar con ellos de dos diferentes maneras,
junto a la pequeña conejita Nijntje rodearé las callejuelas embrujadas de la ciudad
gótica soñando y jugando mis juegos de ficción; y junto con el otro, con
Sigmund, por ser un monumento del psicoanálisis, no podría, así quisiera,
ponerme con rodeos; con él, como podrán comprobarlo, todo es tan atravesado
como la misma realidad.
Mi primer encuentro con Nijntje fue en el bosque de
Amelisweerd, adonde yo llegué a
cohabitar, junto a un esposo holandés, en una de esas típicas casitas de
la campiña holandesa, desde la cual, aunque rodeada de vegetación, si me subía
al ático, a lo lejos, podía ver las uñas del Dom perfectamente delineadas, señalándome amenazantes. Fue en aquel
ático, convertido en mi atelier, cuando en una tarde de invierno, estando
ocupada con la lectura de un librito muy popular por aquel entonces entre los expats, llamado “The Undutchables”, escrito por una pareja de estadounidenses que
narran sus impresiones viviendo por algún tiempo en Holanda, de súbito se
presentó mi vecina Johanna y, luego de decir algo entre muelas sobre los
colores y demás con que había pintado y decorado aquel espacio frío, me entregó
un pequeño librito que traía la figura de la
conejita Nijntje en la portada. De inmediato quedé maravillada, pues Nijntje
es un personaje tan hermoso y tierno que es
imposible no derretirse ante ella. Un personaje de ficción con el que
los niños holandeses aprenden a hablar, escribir y leer. De tal manera que nunca
olvidaré aquella tarde. Fue como si en un segundo me hubiesen devuelto en una
cámara del tiempo al día feliz en que mi madre, cansada con mi preguntadera
sobre lo divino y lo humano, me llevó de la mano a matricularme en el Liceo
Jardín de María, y ya de regresó me compró la cartilla aquella con que todos
los niños de mi generación, creo, aprendimos a leer y escribir: La Alegría de Leer.
Tampoco olvidaré que casi como una premonición, la
primera figura que se me apareció cuando rompí los sellos y abrí el librito fue
la de una manzana llorona. En holandés manzana, como en inglés, comienza con A,
se escribe appel; así, en su primera lección, la inocente Nijntje me enseñó a
llorar en neerlandés, cosa que como una niña pérdida hice muchas veces. Es
imposible no hacerlo cuando te lanzas de cabeza dentro del mundo cuadriculado
de los reingenieros de almas del Reino; como yo rebauticé a esos seres que
Erasmus de Rotterdam en su “Elogio a la Locura”
describió perfectamente como las veletas al servicio de la Iglesia y la Corona
(dos poderes por aquel entonces inseparables); quienes tenían y tienen a su
cargo el lleva y trae que ha ido llenando las urnas y los baúles del tesoro,
tanto de los unos como de los otros, portando con hipocresía el título de
consejeros: lobos disfrazados de corderos, expertos en hacer dinero mientras
reforman estados y cabezas.
No
obstante mi moquiadera permanente ahí estaba Nijntje, mi conejita de la suerte,
que metida en mi morral de estudiante me dio el ánimo para junto con ella
aventurarme más allá del bosque embrujado y dejar de ser analfabeta; que es
como te sientes cuando te ves confrontada con un idioma y una cultura
totalmente desconocida. Entonces más cerca de lo imaginable –porque aquí todo
es tan pequeño que tiempo y espacio se fusionan hasta eliminarse mutualmente-,
llegamos a Ledijf Ergf; una de las
grandes puertas de entrada a la ciudad medieval; el sitio adonde las arandelas
de la telaraña alcanzan su amplitud máxima y las arterias principales se abren ante
ti como en abanico, en espera de que escogas por cual de ellas quieres adentrarte
en los misterios del medievo. Éste es un punto de encuentro para una buena
parte de los habitantes de Utrecht, sobre todo de los estudiantes y, digamos,
los intelectuales. Funcionan allí desde cafés como Ledijf Ergf y De Poort,
hasta Louis Hartlooper Complex: una
especie de emporio cinematográfico con muchas salas de proyección, café-bar-restaurantes
y salas de conferencias en donde se realizan a menudo seminarios y cursos sobre
cine y todo lo relacionado. Y, justo en frente, un poco en diagonal, se halla el James
Boswell Instituut: el instituto de lenguas de la Universidad de Utrecht,
que lleva el nombre de un prominente letrado escocés del siglo XVIII,
convertido casi en un símbolo del romanticismo de la época por haber sido el
eterno enamorado de una emancipada y aristócrata escritora de la ciudad,
llamada Belle van Zuylen, con quien James Boswell luego de ser rechazado tuvo
que conformarse con mantener correspondencia. Dichas cartas los hicieron
famosos a los dos. Hoy el castillo donde está dama residía, ubicado sobre el
río Vecht, es un romántico museo en
donde se celebran durante todo el año ceremonias nupciales.
Sin
salirme mucho del entorno, y dejando de lado el idilio en el Vecht, regreso al James Boswell Instituut, puesto que fue allí adonde, siempre con
Nijntje en mi morral, estudié neerlandés y empecé a aprender más y más sobre el
karakter holandés, o sea a inburguerizarme, que aunque no lo crean
es algo muy similar a una cosa muy criticada en las sociedades que se ufanan de
ser civilizadas y abiertas; algo así como un adoctrinamiento.
Fue un día en que luego de salir de clase, cansada con
la inburguerización a la que me
estaba viendo sometida, y con ganas de mandarlo todo para el carajo, Nijntje me
agarró de la mano y me fue adentrando a lo largo del Singel: uno de los brazos del Oude
Graag: viejo canal que rodea la ciudad antigua y se te aparece por doquier,
a veces cantando otro nombre como ahora. De pronto, unos metros más adelante,
vi una foto de Nijntje que me invitaba a visitar su tienda-casa, ubicada dentro
de una iglesia convertida en el Centraal
Museum. Otro sitio obligado, adonde aparte de las exposiciones permanentes
de pintores como Carel Willink o Johannes Hendrikus Moesman se puede apreciar
la colección de Gerrit Rietveld: famoso decorador de interiores y arquitecto de
la ciudad, conocido internacionalmente por su principio, Menos es más.
Aunque
en aquellos días, años 98-99, Nijntje per se no tenía su propia casa como
ahora, ver su colección completa fue hermoso; por ello trató desde entonces de
visitar a mi Nijntje y todos sus amigos cada vez que siento el deseo de volver
a ser niña iluminada; y si no puedo hacerlo físicamente lo hago vía Internet
aprovechando que mi conejita de la suerte ahora no solo es dueña de su propia
casa, sino que tiene su propia telaraña: www.Nijntje.nl
Dos
años más tarde, una soleada mañana de septiembre del 2001, cuando apenas
acababa de decidir que me quedaría de tiempo completo en Holanda, fue cuando
caminando por Zadelstraat -una
callecita que se extiende a los pies del Dom desde la plazoleta de las artes y
las ciencias donde funciona el Conservatorio de Música, llamada MariaPlaats, y por lo mismo cuando vas
por ella sientes como si estuvieses arrodillado ante aquella catedral que te
subyuga con su imponencia-, de pronto escuché que un niño casi gritaba, Dag meneer Bruna! (¡Buen día, señor
Bruna!) y al voltear a mirar, zas, ahí estaba sobre su bicicleta, sonriendo con
su bigote animado, el padre inventor de Nijntje: don Dick Bruna, toda una
institución en la ciudad encantada y en todo el Reino. Algo así como el Walt Disney de Holanda.
Por aquellos días mis encuentros con él se repitieron
debido a que los dos íbamos hacia nuestros trabajos a la misma hora: él a su
atelier y yo al mío: Arte Mexicano,
una tienda de arte latinoamericano, también con su propia historia en la
ciudad, adonde yo trabajaba tratando de mejorar mi nivel de holandés, mientras corregía
el manuscrito de mi primera novela, la
cual había escrito sentada en la terraza de una villa en Willemstad, Curazao, adonde habité parte de aquellos años. Mi
trabajo en Arte Mexicano: el ‘refugio latino’, como yo lo apodé, fue
una experiencia bastante enriquecedora. Allí conocí y escuché sobre las vidas
de muchos latinoamericanos inmigrantes, y, mientras observaba a través de las ventanas el ir y
venir de la vida holandesa, aprendí también mucho sobre mí misma y, sobre todo,
aprendí a ver mi propia patria de otra manera: en calidoscopio.
Estando allí supe que el señor Bruna era un abuelo
feliz, perteneciente a una prominente familia de editores, dueña de la cadena
de tiendas que llevan el nombre Bruna,
y están regadas por todas las ciudades holandesas. Cuenta la historia que el
señor Bruna se convirtió en algo así como la oveja negra de la familia cuando
decidió ser un simple dibujante y, para remate, escribir libros para niños.
Casualmente su primera obra se llamó “De
Appel”, y fue un poco más tarde cuando queriendo hacer una historia que
contarle a su hijo nació Nijntje: un personaje que ya es popular en casi todo
el mundo, y produce tanto o más que Mickey
Mouse, dicen, puesto que en Holanda, siguiendo los preceptos calvinistas,
una de las reglas de oro es que el dinero no es para mostrar ni hacer alarde de
riqueza.
Fue también uno de aquellos días en que con mi librito
mágico en el bolso me aventuré así, sin pensarlo dos veces, a decirle algo al
señor Bruna, Dag meneer Bruna! le
dije cuando lo vi venir en su bici, Dag,
me respondió, hoe gaat het met U?, Uitstekend!, le respondí sorprendida al
ver que el señor Bruna se bajaba de su bicicleta para saludarme. Sin siquiera
pensarlo le pedí por favor firmarme mi Nijntje, cosa que hizo muy amable. A
partir de aquel instante supe que si había sido capaz, por fin, de pronunciar
aquella palabra imposible: uitstekend (a
las mil maravillas), y pedirle sin miramiento al señor Bruna que me firmará mi
Nijntje, era porque también de verdad, verdad, había aprendido aquel idioma
enredado: había, por fin, roto el hechizo. Entonces fue cuando me zafé por fin
del pesado Dom, y libre de sus
garras, levanté mi cabeza, lo miré de frente y le hice pistola con mis bien
recortadas uñitas: lo reté. ¿Quién me iba a decir en aquellos años de
indecisión y miedo que yo iba a ser capaz de un acto tan terrorista?
Y es que si con Nijntje he jugado juegos de niños,
llenos de ficciones y fantasias, ha sido Sigmund, su antagonista, el encargado
de devolverme sin ningún miramiento ni escrúpulo a la cruda realidad; porque si
Nijntje es tierna, Sigmund es bruto; si Nijntje es inocente, Sigmund es
perverso; si Nijntje es ingenua, Sigmund es abyecto; si Nijntje es dulce,
Sigmund es amargo; y así podría quedarme enumerando sus diferencias, sin
encontrar casi que ninguna coincidencia excepto que los dos conforman las dos
caras de una moneda holandesa que yo, como El
Zahir de Borges, me he dedicado a
hacer rodar... Quizás... después de todo.. detrás de la moneda esté Dios.
Tal vez sea nomás por eso que Sigmund, como el
“simulador” de Bacon, para no tener que
excusarse ni explicarse, ha optado por mirar de reojo, cubriéndose un ojo
con un parche negro y, así, hacer de esa desviación de su mirada su única
desviación y su única negación. Es que, como ya se los había advertido desde el
comienzo, con Sigmund todo es tan atravesado que de una vas a parar al otro
lado: la paja siempre se ve más fácil en el ojo ajeno, y/o la paja siempre es
más verde en el solar del frente; es parte del descreste. Ver www.sigmund.nl
Sigmund, el psiquiatra, es un personaje de tira cómica
que yo me atrevería a decir engendra todos los males de las sociedades
postmodernas. No es entonces de extrañar que aparezca cada día en el periódico
del pueblo holandés, poniendo en evidencia solapada los profundos males que no
solo aquejan a este Reino donde habito sino a casi todas las sociedades
europeas. Yo misma tengo que admitir que uno que otro día, leyendo a Sigmund,
me han dado ganas de botarlo a la basura; pues como magistralmente lo dijo
sentado en la taza del baño, Leopoldo
Bloom(Ulises), mientras leía el periódico para el cual él mismo trabajaba,
Es tan cochino que ni para limpiarme el culo me serviría. No obstante,
aceptando la dualidad de todo ser, lo que he hecho es tratar de psicoanalizarme
junto con él, hasta encontrar las razones que me llevaron a, casi sin entender
el idioma, buscar con curiosidad en el periódico lo que Sigmund decía día tras
día. Y era que después de mis tiernos e ingeniosos encuentros con Nijntje yo
siempre debía, o bien regresar a casa, o bien bajarme de mi ático-atelier, hambrienta
de realidad: de noticias. Era como si a través de él y de lo que salía a diario
publicado en los periódicos yo quisiera encontrar dónde carajos me hallaba
parada y, tal vez como él, ya que no podía alcanzarlo, atravesar el corazón de
Holanda. No lograba acostumbrarme a tanta indiferente diferenciación e
indiferencia, mejor dicho, aunque lo trataran a diario, no lograban
deslumbrarme; y por eso mismo prefería a un ser despiadado, o despojado de todo
sentimiento, como Sigmund: con él siempre supe a que atenerme, con los demás mi
búsqueda era infructuosa. Mas, cuando una de las razones por las que había
decidido salir de mi patria era la necesidad de paz, y todo lo que escuchaba en
los noticieros y lo publicado en los periódicos solo hablaba e incitaba a la
guerra; y es que, como lo fui aprendiendo, mostrar la guerra que se ayuda a
alimentar afuera es una buena manera de mantener al pueblo contento por dentro;
además de que el banco, o los bancos, que tienen a cargo la administración de
los conflictos internos de los pueblos descrestados son los mismos que se
encargan de controlarles la deuda externa –es un secreto a voces-. De esa
manera, la pretendida luminosa realidad feliz, de la que todos se ufanaban,
para mí pocas veces era acordé con la realidad que yo experimentaba tanto
adentro como afuera de mi casita en el bosque encantado de Amelisweerd.
Así fue que, empeñada en encontrar cuál era mi sitio
en este pedacito de Tierra, hice tanto de Nijntje como de Sigmund mis
personajes favoritos. En definitiva Nijntje no era más que una conejita, y
Sigmund, a pesar de toda su abyección, era el único capaz de decirme la verdad
sin toda esa parfernalia sobre la que se construye o deconstruye una lengua;
pues como lo he ido descubriendo, poco a poco, la complejidad de la lengua es,
como el parche de Sigmund, la que permite que la gente vaya por el mundo sin
excusarse ni explicarse; total! es la lengua. Hoy, más de diez años después, y
un poco más sabia gracias no solo a mi experiencia de vida, sino a mis
lecciones diarias de filosofía oriental y mis sesiones de meditación zen,
entiendo mucho mejor la dualidad y, un tanto cansada no sé si con la falta de
veracidad de la lengua, o a la complejidad para acceder a ella, hace ya dos o
tres años decidí cancelar mi suscripción al periódico de Sigmund y pasarme para
otro un poco más enfocado a la irrealidad, o sea: al arte y a la cultura. Desde
entonces mis citas con Sigmund se han hecho esporádicas, lo buscó solo cuando
sale la recopilación de su última sesión, la cual compró siempre en una tienda
especializada en tiras cómicas que me devuelve al cuchitril a donde siendo una
niña iba con mis amigos del barrio; a alquilar, cambiar o vender los cómics y
demás historietas de moda. Dicha tienda, llamada Piet Snot –un nombre que significa o denota: ridículo- está ubicada
sobre uno de los holanes que caen a los pies del Dom, en una casa del siglo XV, de esas que se han ido jorobando con
el peso de los años y huelen a moho milenario y a pescado viejo; debido quizás
a que en aquella calle funcionó antaño el mercado del pescado, y por eso se
llama Vismarket. Y como si con el
nombre y el pesado aroma a guardado no fuese suficiente llegan a Piet Snot directamente los aromas a café
serrano y appelbollen de uno de mis
cafés favoritos: el Graff Floris,
envueltos en los aromas del wit, o
marihuana, provenientes de uno de los coffie-shops
más visitados de la ciudad, quizá por estar ubicado precisamente ahí: en uno de
los puntos más turísticos de ella. Y es que hasta hace apenas unas cuantas
semanas la mayoría de los turistas que visitaban a Holanda lo hacían para poder
consumir drogas soft sin ningún tipo
de prohibición, pues a los coffie-shops
se iba a eso: a consumir drogas de todo tipo, sin miedo de ser detenido o
multado. Ahora el gobierno holandés; quizás al escuchar sobre la petición oficial
que han hecho países productores como el nuestro de legalizar las drogas; para
proteger sus propios interesés y esconder el poco honorífico estatus de ser el
mayor productor de éxtasis y drogas hechas en laboratorio, aparte de la
prohibición de fumar en sitios públicos, ha decidido imponer una norma que
obliga a estos empresarios a vender dichas drogas solo a los holandeses
registrados; entonces, dicen, los coffie-shops
se están convirtiendo en una especie de clubs privados. Algo que me ha llevado
a pensar de inmediato en cómo se estará sientiendo Sigmund, y qué habrá dicho
al respecto, pues él suele irse de bares de todo tipo, en los cuales, aparte de
meterse lo que caiga, suele caerle a la tía que esté sola sentada en la barra
con su típica pregunta, Is deze kruk
vrij? (Está libre este butaco? ), y así darle comienzo a sus noches de
–digamos- bohemia. Noches que la mayoría de las veces terminan con él solo, recostado
en su sofá de psicoterapeuta, echándose y/o metiéndose un pajazo –que para el
caso es lo mismo- en completa y total depresión. Es que la mayoría de las veces
Sigmund no logra ligar; y si lo consigue es casi seguro que la dama en cuestión
le salga travestí, o algo por el estilo; cosa que a Sigmund, con tal de tirar,
le tiene totalmente sin cuidado; fornica hasta con los animales. Sí, este
personaje, les advierto, le jala a todo, y cuando digo a todo es a todo. A
veces, como ya les conté, me digo, Uich Socorro, que haces leyendo esta
cochinada, pero qué hacer, si para mí él es quien me ha ido desvelando el lado
oscuro de la conciencia del Reino... Las
lecturas perversas, dice Barthes,
implican una escisión...sé que no son más que palabras, pero de todas maneras[...]
Como en el Ulises de Joyce supongo que es una toma de conciencia de que la vida mental humana no se da sino
en forma de lenguaje.
Y vean ustedes que la gran sorpresa me la llevé cuando
vine a enterarme de que precisamente el padre creador de Sigmund lleva el
nombre de Wit, que yo asimilé de
inmediato a wiet, aquella parte del
aroma de Sigmund que nunca sabré si me atrae, me embrutece o me delata. Peter
de Wit, es un caricaturista autodidacta, que vive en Amsterdam y comparte su
atelier con otros dos artistas jóvenes, quienes le ayudan a cranear sus tiras
cómicas y las nuevas aventuras en que Sigmund terminará, atravesado como es, casi
siempre enholanado, o sea: enredado.
En todo caso que el creador de Sigmund, Peter de Wit,
habite o no en Utrecht para mí no cambia nada, en mi largo recorrido yo he
aprendido que el lugar no es lo importante. Las ciudades todas, como tan bien
lo describió Gÿorgy Konrád en su novela El
Constructor de Ciudades, se caracterizan por ser sitios donde La guerra cotidiana, insidiosa, silente y
no declarada se da entre los que la planean, por un lado, contra los que la
habitan, por el otro: la guerra de los manipuladores de la vida contra los que
la viven; la violencia de aquellos que al planificar nuestra felicidad aseguran
nuestra infelicidad, frente a la respuesta de aquellos que intentan vivir día a
día, a pesar de la infelicidad, y lo consiguen gracias a una cadena de actos
mínimos de amor, sensualidad, humor, creatividad y amistad.
Hoy en día, asida con mi mano derecha de Nijntje, y
con mi mano izquierda de Sigmund, contenta entiendo mejor la fuerte influencia
que ha tenido el pensamiento calvinista en esta sociedad, y comprendo también
porque algunos pensadores han gastado su vida tratando de comprobar la
influencia de Erasmo de Rotterdam en el pensamiento español y su representación:
o bien Don Quijote de la Mancha, o bien nosotros los latinos –quiero decir-.
Como lo constata M. Bataillon, Hay un
profundo parentesco entre la regocijante y variada historia de Don Quijote y el
elogio erasmiano a la regocijante y multiforme cordura que cohabita con la
locura.
Así, en busca de la identidad de Holanda, me he
encontrado que como casi todas las identidades, en un mundo cada vez más
abierto y más global, anda refundida, y, más confundida que nunca, se debate
entre ese ser puro que ha ido degenerando en un puritano que para lavar sus
culpas es muy, pero muy caritativo; y ese ser que de tanto ufanarse de su
condicionada libertad se transforma en el libertino capaz de abusar hasta de la misma Caridad,
como lo acaba de demostrar el “Informe
Deetman”, en el cual se hace oficial que entre los años 1945 y 2010 se
registraron, solamente en Holanda, entre 10 y 20 mil casos de abuso sexual, cometidos
estos por miembros de la Iglesia Católica.
Lo mejor de todo este, digamos, ‘trabajo de campo’,
que he realizado durante más de diez años, es que buscando lo que nos hace
diferentes, los unos a los otros, me he reencontrado conmigo misma. Puedo decir
feliz que caminando por las oscuras calles medievales de Utrecht he renacido:
no he atravesado, sino trascendido la idea de realidad.
También, aprender la lengua holandesa, e ir realizando
al mismo tiempo un análisis contrastivo entre el holandés y el español, me
ayudó a reafirmarme en la diferencia que existe entre vivir y habitar; dos
cosas que en el idioma neerlandés tienen su propio verbo y no se mezclan nunca
como sí solemos hacerlo en español; wonen:
habitar y leven: vivir. Una
diferencia que sobre todo en los momentos de oscuridad siempre me ha ayudado a recrear
mi propia idea de realidad, y a saltarme con gracia las cuadriculas en que día
tras día tratan de encasillarme. Una vez sabes bien quién eres, puedes habitar
donde sea sin deprimirte ni intoxicarte; pues una cosa es habitar en Bogotá,
Utrecht o Dubai; y otra muy distinta es vivir. En la ciudad que habito, como en
todas, la dualidad es la constante. En la ciudad que habito, la contaminación
es tan tenaz que al igual que la mayoría de sus habitantes sufro de una silente
astma; en la ciudad que habito, a pesar de preciarse de sus ciclovías y sus
cientos de bicicletas, yo no puedo usar la mía para ir al centro sin el peligro
de que se la roben, pues los parqueaderos poco a poco han ido desapareciendo
para darle paso a más y más obras; en la ciudad en que habito el transporte
público no es sucio, sino cochino, aparte de que los trenes siempre están
retrasados; en la ciudad que habito, cuando quiero caminar, debo ir siempre con
la cabeza gacha para poder esquivar la mierda que los perros dejan tras de sí y/o
los gargajos de sus dueños; en fin, en la ciudad que habito, aunque todo
parezca distinto, es lo mismo que en otra cualquiera, pues en la deslumbrante
realidad no existe la tal Utopía de
Moro, a quien Erasmus le dedicó su moira. No obstante, más allá de la escinción,
aceptando mi propia dualidad: mi lado oscuro y mi lado de luz; he tratado de ir
por y en el medio, y he recreado así mi propia ‘Ciudad Virtual’. Ahí, en mi mundo interior, me ipsum, es donde vivo, tal y como vine, felizmente iluminada. Recreando
mi propio mundo virtual, jalándole a la ficción, aun cuando todo me obligue a
mantenerme con los pies bien puestos sobre el Planeta a Tierra, es como he
visto por fin que no todo es blanco ni negro; ni bueno ni malo y que, como el
oro, llegué a Europa iluminada y que, aunque lo hayan tratado con disciplina
rigurosa, a cal y canto no han logrado deslumbrarme: todos somos parte y arte
del mismo terrárium.
Firmado en Utrecht, el 4 de enero del 2012
Socorro Ariza.
Escritora y Consultora Intercultural,
radicada en Utrecht.